Mr. Útil -Capítulo XXXI- El Señor Pol busca garantías y Badía acaba pillando un chino

 

 


Toda una vida - 2022

  El Señor Pol busca garantías 

¿Qué estoy haciendo? Miro el móvil en mi mano, pero no me da ninguna respuesta. La bolsa del dinero, en el suelo no demasiado limpio del retrete, tampoco me da ninguna respuesta. ¿Por qué alargo esto? ¿Es por Sol? ¿Te fascina la posibilidad de herir a Sol? –le pregunto a un yo que siempre anda escondido por ahí atrás–. Tienes una vena fría, implacable, de villano de novela. Te gustaban los villanos, eran tus personajes favoritos, querías ser como ellos, solo comprometidos consigo mismos, me contesto.

¿Con qué estoy yo comprometido? ¿Con una imagen, la imagen de algo llamado éxito? No quiero perder, se reduce a eso, no quiero perder. El dinero solo es una manera de contar los puntos. Si la voz se lleva la bolsa yo pierdo y él gana. Si Sol se dedica a pasear por las tiendas del centro arrugando la nariz, contando que me ha olvidado y que ya está totalmente recuperada, yo pierdo y ella gana. Puedo no pagar y que se joda la voz y que se joda Sol. ¡Eh, chica, al final tenías razón: solo soy un criminal! Es lo que piensas, ¿no? Mi dinero no huele bien. No me lo dan en un consejo de administración por engañar a los accionistas, como a tu papá. ¡Alto!

Alto. Mi pensamiento se ha ido de excursión por la zona oscura. Regresa. No se puede ganar siempre. Deja de lloriquear, la chica se ha ido, cumple con tus obligaciones. El móvil zumba en mi mano, me pone de buen humor. Estoy deseando enviar a la mierda a la voz. ¿El profesional le habrá localizado? Igual le puedo montar una fiesta sorpresa, una fiesta desagradable.

¿Dónde está mi plata?

Aquí, en mi mano. De golpe se me ha ocurrido pensar ¿por qué tengo que dársela? ¿No es como darle permiso para volver a por más?

¿A por más? Eres mierda, estás marcado. ¿Quién coño va a querer acercarse a ti? Paga la puta indemnización y piérdete.

Eso haré. Haga usted lo mismo. Tengo demasiada familia, demasiadas innamoratas por el mundo, para poder respaldarlas a todas. No volveré a hacer desembolsos por estos asuntos. Buscaré soluciones definitivas para evitarlo.

Pégate un tiro, cabrón.

Mejor hago que te lo peguen a ti. Voy a colgar la bolsa, cuida de que no se te caiga, no veras más dinero de mí.

Vuelvo a encaramarme en la taza, descubro que tengo golpes por todo el cuerpo. Colgar la bolsa del mosquetón es fácil.

Ya puedes recoger tu pago. Vuelve a aparecer y te joderé, soy capaz de cualquier cosa por joderte.

La bolsa desaparece. Me bajo de la taza. No quiero permanecer ni un segundo más dentro de este cuchitril.

¿Tenemos un acuerdo? –le escupo al móvil.

Silencio. Imagino a la voz estirando la cuerda rápidamente, sacando la bolsa, comprobando su contenido; el celular momentáneamente abandonado. Cuento hasta diez; repito:

¿Tenemos un acuerdo?

¿Sabes? –contesta la voz–, cuando dijiste que eras capaz de cualquier cosa por joderme.

¿Sí?

Te creí.

La taza del váter explota. El ruido es tan formidable que siento que floto sobre la onda sónica antes de que me haga atravesar la puerta del váter. Ya antes de derrumbarme frente a los lavamanos me veo las piernas, el vientre, lleno de esquirlas de porcelana y sangre, mucha sangre. Pierdo el hilo de mis reflexiones. Esto es tan ridículo. Siento que todo es injusto. Me apago.

 

 

 Badía acaba pillando un chino 

De película: el tipo acaba con lo que coño esté haciendo –recoger la pasta, descarado–, se levanta y se pira; no ha dado tres pasos que pega el petardazo y todas las alarmas del barrio saltan. Digo el tipo porque desde esta distancia no puedo asegurar que sea quién creo que es.

Me quedo helado. De entrada, me parece que no cobro. Por cumplir, llamo al cliente y una voz grabada me suelta el rollo de que si apagado o fuera de cobertura. Me da la risa tonta. ¿Apagado? ¡Del todo! Muerto. Inutilizable. Tengo que deshacerme del móvil que llevo encima, el que ha petado es de Pachuco. Era su cliente. De él y de El Patrón. Yo no estoy aquí.

Puto Titiritero, le ha jodido divinamente. ¿Por qué? ¡Le debió llamar chavalín! No sé si intentar sacar algo de este desastre. Me trazo una ruta a través de las terrazas. Me juego a que bajará por la terraza más opuesta al pepinazo. Lo tiene todo preparado, se cree un puto genio. ¿Y cuál es la otra punta? Aquí o casi, donde estoy. En la avenida ya se oyen las sirenas, los bomberos, la Local, aparecerán por ahí, por ese lado, en un minuto. ¿Por dónde me iría yo? Un poco más hacia allí, donde el bloque da a la calle peatonal. A esta hora lleva bastante gente. Tendrá un disfraz, conocerá un pasillo. Bajará por esta terraza o la siguiente, más fácil la siguiente; allá que me voy.

No doy dos pasos. La chavala de los auriculares blancos ha aparecido entre las sábanas y me mira con cara de mala leche. No es tan chavala, creo reconocerla, pero no la sitúo. Luego recuerdo una islita y un barco, un tipo pelirrojo que resultó que tenía un cuchillo, el sol, las detonaciones, pero sobre todo me viene a la mente que ella y yo nos hemos tratado. Más que tratarnos, sin duda nos conocemos, más íntimamente de lo que permiten el sexo, el amor y esas zarandajas –que es una palabra vieja que me gusta–, al menos en mi caso. Su mirada me estudia sin rastro de sorpresa, ¿me esperaba?, ¿desde cuándo? Lleva una sábana arrugada en las manos, el manojo de tela por un momento me parece que es un ramo, un pomo de flores, uno de novia con largos lazos que llegan hasta el suelo. Después me doy cuenta de que lo que hace con la tela es ocultar algo y no creo que sean flores.

Buenos días. ¿Nos conocemos? –la saludo.

Es una maleducada, no me contesta. No me gusta, ha separado un poco las piernas para equilibrar el peso, me mira al centro del cuerpo, las manos invisibles bajo el trapo… no se la ve forzada. Ha ido a un club de tiro. Algún hijo de puta le ha enseñado a disparar. ¿Debería preocuparme? Bueno, una cosa es saber disparar y otra hacerlo

El Seco aparece por un lado. ¡Claro que era él! El jodido tampoco parece sorprenderse de verme por aquí, pero bueno, él ya es así. Nunca hay nada que parezca extrañarle, eso me pone cantidad. Me saluda.

Nos vemos demasiado.

No pensaba encontrarte, hoy. Yo te hacía tirándote a las secretarias y no volándole el culo al jefazo.

Lo digo por pura mala leche, sin intención, pero lo dicho parece pinchar a la señorita.

¿Tirándote a las secretarias? ¿Qué se supone...? ¿Que eso me pondrá contra él? ¿Cuántos años tienes?

Me suelta, es una chati despierta o una paranoica de cojones buscándole significados ocultos a todo. Joder, no recuerdo su nombre, ni siquiera sé si lo supe alguna vez. El Seco va bien apañado.

¡Confieso! ¡Me has pillado! Llevaba toda la vida queriendo decir algo por el estilo; me lo habéis dado hecho.

Ella me ignora. Mejor, sus ojos parecen faros, ahora ciegan al Seco.

Este tío es un problema.

El Seco se me queda mirando. Sé lo que piensa, lo mismo que pensaría yo: ¿me sale a cuenta borrar a este tío? ¿O paso de él? Si me borra seré la tercera pata del banco: ¿quién hay en común entre el tipo que explotó y este otro tipo tan guapo? Respuesta: el Seco. Bien, yo pensaría esto, él no sé qué pollas piensa. Al final es igual, no hace falta ninguna razón. A veces no se puede parar.

¿Tiene ella razón? ¿Eres un problema?

Dijo el tipo que ponía bombas. ¡Joder!, al final todos aquellos cursillos en la mili continúan sirviéndote. ¿Problemas?, ¡tú sí que eres un problema! Te recomendé que hicieras algo, ¿pero el gran catapúm? Yo pensaba más algo en plan que esperaras a que volvieran a llenar la maría gorda, me dieras el toque y después nos tomáramos unas largas vacaciones. Seco, exageras, siempre exageras… te vas de extremo a extremo.

Esto que le he soltado es más o menos improvisado, pero tengo razón, él lo sabe. Esta es su manera de comportarse. Lleva toda la vida intentando remediarlo, intentando dejar de ser quien es, cosa totalmente imposible. Como nadie dice nada, continuo con mi discurso.

Encima me has dejado en el paro. ¡Bah!, es igual, era un contrato temporal, claro. Somos amigos, ¿no? Como somos amigos te diré una cosa: ¡no te cargues a los jefes, tío! Que se ahoguen ellos solos en el papeleo. ¿Tú y la chati, desde cuanto estáis liados?

Ya no me escucha, mete la mano en la bolsa, de ella saca y me tira lo que no sé por qué primero me parece medio paquete de azúcar envuelto en retráctil, después de apañarlo al vuelo veo que es un taco goooordo de billetes de diez. Una propina por dos, tres horas de trabajo.

¿Podrás salir por dónde has venido? –me pregunta.

Claro. Pero explícame esto: ¿por qué ha sido? ¿Por no dejarte participar en la aventurilla que teníamos él y yo a tus espaldas? ¿Por venganza?, ¿diversión?, o ¿es que has dejado otra vez de darle a la hierba?

Piensa en darme una respuesta, luego se da cuenta que no la tiene, ninguna que le permita continuar creyéndose que es quien es. Me mira. Me ve. Somos. Estamos. Se gira y se va sin contestar.

La tipa deja que le afloren a la cara unos cuantos sentimientos cruzados. Luego me da la espalda y se pira con el Seco. ¿Qué hago yo?, ¿cómo prorrogar ni que sea un segundo el instante. Voy a acercarme a darle un ojo a la obra del chavalín. Me van los desastres, más aún que los cementerios, no es el primero que me regala. Bajo las escaleras acompañado por el olor a explosivo y plástico quemado. Es fabuloso.

 

 

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