Mr. Útil -Capítulo XXV- El mundo es un pañuelo, donde los mocos siempre acaban por encontrarse

 

 

Cantera del Circ de la Safor
 

Últimamente hasta el bar más diminuto, frente a la acera más estrecha, monta una terraza, no quieren perder a sus clientes fumadores y el Ayuntamiento, necesitado de fondos, tiene mucha manga ancha a la hora de conceder licencias. Aquí, en esta acera sobra espacio y la cafetería tiene una terraza amplia, que a estas horas está vacía excepto por Badía que sentado en el centro de ella parece ocupar un decorado montado solo para la ocasión. Lleva unas gafas de sol que reconozco como extremadamente caras, hunde la nariz en el barreño de infusión que parece complacerle y en cuanto me ve saluda agitando un par de dedos y se levanta ágilmente de la mesa para ponerse a mi altura.

Bien, aquí estamos de nuevo —dice.

No le contesto hasta llegar al semáforo; está en rojo, tengo que pararme. Decido que no tengo más remedio que reconocer su presencia.

¿No está esto un poco caliente para ti? –le pregunto.

¿El café? No, está bien.

Sabes a que me refiero, al ambiente.

No, está perfecto, me siento muy bien... acogido, arropado. ¿Y para ti?, ¿cómo está para ti?

Lo pienso. Igual está bien, igual no. Le digo la verdad, siempre es más sencillo que mentir.

Mientras se mantenga así...

Sí, ¿no?

En lo que se refiere a ti, te echaré los perros sin dudarlo.

Vaya, me sorprende que todavía me consideres un problema. Cuando hablas de los perros ¿a quién te refieres?, ¿a la Nacional?, ¿ahora eres un chivato?

No. Juego con reglas diferentes, mis reglas dicen que nadie puede joderme.

Parece que al fin has aprendido algo. Me alegro.

El semáforo cambia. Continúo adelante. Badía a mi vera, somos grandes amigos, compañeros que han coincidido en el barrio de negocios.

¿Qué tal el viaje?

Cansado.

Contesto automáticamente, es mi respuesta estándar. Demasiado tarde, una luz verde se pone roja en mi mente. ¿Qué sabe Badía cuándo voy y vengo? Más importante, ¿cómo lo sabe? Una respuesta se abre paso a codazos desde mi subconsciente. Badía parece darse cuenta.

Me alegro de que no estuvieras aquí. Nunca se sabe cuándo vas a tener un mal día, vas a plantarte y complicarlo todo, que fueras necesario en otro sitio la verdad es que me alivió.

Entonces me detengo, giro una cuarta y le miro. Miro su sonrisa traviesa y lo satisfecho que está de saber algo que yo no sé. De saber ahora, que yo sé que él sabía, que siempre ha tenido ventaja. A las cosas se comienzan a reordenar en mi cabeza creo que puedo encontrarles un significado nuevo, la sensación me absorbe y aunque él me continúa hablando, aunque intento escucharlo, solo entiendo frases sueltas de lo que dice.

¿Te crees importante para los de arriba…? desengáñate solo eres... solo eres útil, un empleaducho... Te has vuelto un idiota entrañable... ¿Por qué quieres seguir así?... ¿Es tu lugar?... ¿Tanto necesitas el aprecio de ese idiota…?

Se da un toque en el puente de las gafas para recolocarlas en su sitio. Me veo reflejado en ellas, no soy un tipo muy impresionante. ¿Qué está diciéndome Badía? Me cuesta, pero consigo medio prestarle atención.

Nunca has sabido escoger a tus amigos... Estás tan lleno de buenas intenciones. No lo podía creer… ¿Por qué quisiste meterte por medio?... ¿Qué se suponía que podías hacer...?

¿Qué se suponía que podía hacer? Lo pienso, no es muy difícil, cuando lo dije ya lo había hecho, pienso que no es necesario que lo explique, pero me encuentro haciéndolo.

Advertirte; de que no eres invisible, de una manera que entiendes, con un palo, no muy grande, pero que resultó eficaz, te dignaste a darte por enterado, ¿no?, pero no lo hice por lealtad a La Firma, ni a ti. No siento ninguna nostalgia de, ¡mierda!, nuestros asuntos. Solo fue por cubrirme el culo.

Vale, pues me alegro, continúa haciéndolo porque ese tipo –dice, con un gesto de la cabeza que puede señalar hacia el edificio de la oficina o a la frontera francesa– va a venderte, ahora, mañana, cuando sea, pero acabará vendiéndote. ¿No lo pillas?, yo… agradecí tu aviso, tu sugerencia. Me pareció muy adecuada, se lo dije al nota ese con tus mismas palabras: peces grandes en una pecera pequeña. ¿Sabes qué contestó? Que él se ocupaba, ¡que se ocupaba definitivamente!

Mi cara me ha traicionado, Badía ha leído algo en ella, frunce el ceño antes de preguntarme:

¿Ya lo ha intentado? No pensé que hablara en serio. Creí que solo se hacía el duro, si le hubiera creído… ¡mierda! El cabrón ese tiene tendencia al exceso. Como tú. Hay muchas cosas que se pueden solucionar hablando.

Calla, parece esperar alguna respuesta, yo no digo nada. Mi silencio no parece afectarle, para bien o para mal, se siente triunfador, por encima. Me saluda.

Ándate con ojo. Nos veremos, pronto –sonríe y se marcha con viento fresco.

Le veo bajar por la avenida, con su paso elástico, hasta que se detiene frente al chiringuito financiero o más bien ante la altísima comercial rubia del chiringuito que fuma frente a la puerta. Parece tontear con ella. ¿Qué me ha estado contando?, ¿me reñía?, ¿me amenazaba? Recuerdo su última frase: nos veremos pronto. El último tipo que me dijo algo parecido fue Emilio el taxista, a la puerta del despacho de Don Ramón.

Badia, ¿cómo has venido hasta aquí? La última vez tenías un chófer esperándote. No creo que esta vez te acompañe, solo tú eres tan idiota, tan temerario, para pasearte tan ricamente por los alrededores de un trabajo reciente. O quizás sí y aparecerá tu carroza de un momento a otro. Si es así, ¿dónde está?, por aquí es muy difícil, por no decir imposible, aparcar, hasta las motos tienen problemas. ¿Viajas en metro, en autobús, como la gente corriente, como yo? Tú no eres nada corriente, tú eres especial, lo mejor es poco para ti. Tienes un coche por aquí, eso o un taxi.

Tomo una decisión, ¿por qué no vernos ahora? y acelero mi paso, no hacia la oficina, sino por la acera trasera, hacia la entrada del parking donde vi a Conejero. A Conejero y su sedan blanco. El número de matrícula que tanto temí olvidar está en un rincón de mi mente esperando. Entro por la entrada de peatones rápidamente y mirando al frente. En la cabina de control no hay nadie. Más allá, un poco al lateral, distingo al empleado y a una anciana vestida de Chanel trasteando en las máquinas de pago automático. Miro arriba y abajo, no hay sedan blanco, ningún coche conocido, solo olor a combustible y el ocasional chillido de un neumático a lo lejos cuando pierde tracción. El parking se prolonga al fondo hacia la derecha. Hacia allí voy. Ahí está, ese es el coche. Busco un lugar y lo encuentro tras una columna, me sitúo con el celular en la mano, simulando teclear en él, y esperando no parecer oculto, a la espera. Recuerdo otra entrada de peatones, es imposible verla desde aquí; suponiendo que Badía realmente entre en el parking no tiene por qué hacerlo por este acceso y, aunque lo haga, ¿qué voy a hacer? No sé qué hago aquí, soy espectador de mí mismo, me he colado en la fiesta de otro sin autorización, un otro que está cansado de amenazas veladas y no tan veladas y que ha decidido que él también sabe jugar a eso.

El empleado alza la cabeza y abandona su eterna conversación con Coco para medio increpar a alguien que baja andando por la rampa de vehículos –cosa que un puñado de señales prohíbe vehementemente–. Es Badía, todo sonrisa, todo desafío.

Me resitúo tras la columna; reflejado en el parabrisas de un auto intuyo más que veo como Badía introduce el tique en la máquina y abona la estancia. Le suelta alguna sandez al empleado y haciendo tintinear el cambio dentro de su puño va en busca del coche. El azar le hará pasar muy cerca de donde me escondo. Abro la palma y siento como el martillo sale acelerando de mi manga y ahora la cierro y lo tengo cogido por el mango. Pienso en el azar, que mi baile con Badía siempre ha sido fruto del azar. Que al final inexorablemente acabamos convergiendo. Un segundo, dos segundos, tres segundos. Bostezo. Está a mi altura, todo parece ir muy despacio.

¿Tendencia al exceso?...

He aparecido a su lado de golpe, he dicho sus palabras, mis palabras, casi en su oído. Él ha trastabillado desplazándose lateralmente, alzando los brazos en un gesto automático de protección. Las monedas escapan de su mano y tintineando ruedan en todas direcciones. En un segundo se ha puesto lívido y ha quedado inmóvil en una posición a medio camino entre la defensa y la huida.

–…sí, puede que tengas razón —admito.

Inmóvil, también le doy el perfil, mi mano derecha sujeta el martillo escondido, pegado al muslo. Espero... ¿Qué espero? Que tome la iniciativa. ¿Y si toma la iniciativa? Lo mataré. Pero... ¿no perderé todo si lo hago? Sí, pero lo haré igual, aunque esto esté lleno de cámaras, aunque el empleado boquiabierto y la anciana bien vestida estén presentes, lo mataré. Si vuelve a acercarse a mí, a un kilómetro de mí, si tengo que volver a pensar en él, si sueño con él... le mataré. Pienso en decírselo, pero me parece muy melodramático así que le suelto:

No se puede ir por ahí asustando a la gente, al final alguien puede reaccionar mal.

Callo. Lo he dicho en voz alta, bueno, no mucho, lo suficiente para que él me escuche. Badía recupera el color, la compostura, se recoloca el traje, chasquea los labios. Ha descubierto el martillo en mi mano, frunce los labios en un silbido silencioso, me mira a los ojos con complicidad.

Tienes razón, pero el miedo es hermoso –dice–. Nos muestra quienes somos en realidad. Deberías enseñarle al tipo ese quien eres. A mi sobra, ya lo sé.

Su mirada es dulce, hace un gesto de despedida, casi infantil, con una mano, me guiña un ojo, se vuelve, se marcha. Adiós. Yo también me giro, el empleado se aparta de mí, le miro, agacha la vista; eso me gusta e intento despreciarme por ello. Coco ha desaparecido. Cuando comienzo a subir la rampa también ha desaparecido el martillo en el interior de mi manga. Oigo la voz de Badía como llega desde el fondo del parking.

¡Llamaré siempre antes de pasar!

 

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