Mr Útil -Capítulo XXVI- Porcentaje
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| Número cuatro |
Pol está en su despacho hablando por dos teléfonos puestos en altavoz a la vez. Consigo cruzar un segundo su mirada con la mía. Me hace un gesto que en todos los idiomas significa después, lo dejo allí y e llego al mío que parece más vacío y más despersonalizado que nunca. Qué adecuado sería recoger todas mis cosas y largarme dando un portazo, pero es imposible. No hay nada mío que recoger, el despacho no tiene puerta y necesito este empleo, al menos un poco más. Abro el cajón de la mesa y dejo deslizar el pequeño martillo en el interior; la cabeza toca el fondo y el mango se queda reposando en mi mano. Badía y Pol, Pol y Badía, el dúo maravilla. Pol está en la puerta, parece a punto de decir algo, pero se lo piensa mejor y no dice nada, prefiere tenderme un sobre marrón muy grueso.
–Esto es para ti, no es una gratificación, es un porcentaje.
¿Qué significa la declaración?, ¿Qué he atravesado alguna especie de frontera y ahora soy parte de... de qué, exactamente? Dejo que el martillo se sumerja totalmente en el cajón y guardo el sobre en mi bolsa.
–He vuelto a ver a Badía, ronda por aquí dándoselas de... Es un enfermo. Para él es demasiado importante ponerme en mi sitio.
Pol parece no saber de qué le estoy hablando, pero yo continúo taladrándole con la mirada. Al final hace un gesto de aceptación.
–¿Se llama así? Solo sé que es el empleado de alguien.
–Yo no lo emplearía para nada.
–¿Te tendría que haber utilizado a ti? ¿No? Me dicen que eres muy competente moviéndote en los márgenes, más de lo que esperaba, más de lo que sabía.
Consigue que esta última afirmación suene como si le hubiese mantenido engañado durante mucho tiempo y que esto le duela más que ofenderle. Un abanico de emociones me recorre. Luego recuerdo que este tipo me envió al matadero para defender la cuenta de resultados. Vuelvo a pensar en el martillo, me imagino con qué facilidad el acero se hundiría su frente, es una sensación placentera. Necesito fumar un poco de hierba o acabaré haciendo un desaguisado.
–¿Tenías que hacer la operación? —pregunto, en realidad no sé por qué, ¿por darle la oportunidad de disculparse y así olvidarlo y continuar cogidos de las manos caminando hacia el futuro?
Pol duda, me da la sensación, imposible de confirmar, que es la primera vez que se lo plantea. ¿A qué operación me refiero? Parece pensarlo por un segundo. Luego decide que él solo reconoce que exista una, ¿tenía que hacer la operación?, traga saliva, solo ha sido un segundo, pero basta para convencerme de que todo el belén de estos últimos días ha sido uno más de los espectáculos de improvisación de Pol.
–Venía rodado. Me soplaron la visita de la agencia. ¡Estoy harto de las visitas de la agencia!, ¿tú no?, por una vez iban a servir de algo, son unos garantes estupendos delante de la aseguradora, otros que tal, ya lo sabes. Estábamos hartos, de los unos y los otros, tenía un teléfono y me dije ¿por qué no?
Porque yo reconocí a Conejero y dije que me ocuparía, tonto de mí. Como estorbaba y también venía rodado acabé cruzando el océano, ¡donde debía acabar ocupando el lugar de Roque! Un lugar no muy cómodo. El plan, la chapuza. ¿Se te ocurrió en un segundo? ¿Te paraste a reflexionar? ¿Sopesasteis mi valor como persona? Me estoy encendiendo solo. Mejor hacerse el loco, mostrarse tranquilo. Solo lo consigo a medias.
–¿¡Por qué no!? Porque los manguis, esos tipos, no juegan con tus reglas. No te estrechan la mano tras el fin de un buen negocio y se despiden. Te mean encima para reconocerte por el olor la próxima vez. O eres parte de la jauría o una presa. Y cuando no hay presas se matan a dentelladas los unos a los otros porque... porque son demasiado idiotas para…
–¡Basta! Lo entiendo. Eso no va a pasar, no va a pasarnos.
–¿Qué pasa en América? ¿Qué pasa con Roque?
Quiero añadir que pasaba conmigo, pero me callo.
–¿Roque? Roque se equivocó, no corrió lo suficiente, se lo pedimos, ¿no? A la vista está que no puedo reprocharte que tú sí lo hicieras ¿América? Tendrás que volver allí, necesitamos alguien que le tome el pulso a la cosa, ¿eso es lo que te pedía, no?
Pol no va a reconocer ni siquiera delante de sí mismo que sí que me pidió eso, pero que esperaba, deseaba, que pasase otra cosa. Compartimenta, separa, nunca te rindas, olvida.
–No pienso volverme a acercar por allí.
–¿Seguro?
Pol tiene su cara de tengo un plan. Peor, tiene su cara de las cosas tienen que pasar de una manera, porque yo quiero que así pasen. Está dispuesto a pelear para que el futuro se adapte a la visualización que tiene de él. Porque Pol no sabe predecir el futuro, pero cree que puede moldearlo. Quizá hasta tiene razón. Me pregunto si entiende que pelear, para otras personas, es algo diferente a enfrentar abogados. No sé si entiende que hay gentes para las que la distinción entre lo que hacen y lo que son es todavía más tenue que la suya. Gente para la que prevalecer, dictar las reglas, es más importante que el beneficio que se pueda obtener. ¡Qué voy a hacerle! Lo acepto, por ahora, lo acepto.
Un trozo de mi cabeza ya está huyendo hacia el sur. Otro piensa en el grueso sobre que duerme en mi mochila y se pregunta si hay algo más que rascar. Casi todo lo demás, el trozo más grande, está confuso; preferiría no hacer nada, olvidarlo, fumar un poco de hierba, continuar como siempre.
También hay un trozo –uno pequeño, antiguo y a la vez adolescente– que tiene la certeza, que es inevitable tomar alguna medida, alguna represalia, algo que borrase de su cara la autosuficiencia, uno que piensa que tengo la obligación de matar a Pol.
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