Mr. Útil - Capítulo XXIX - El Sr. Pol redescubre el transporte público
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Hacía años que no cogía transporte público. No era consciente de ello hasta que he entrado en el Metro. Ha cambiado bastante, conviven trenes a la antigua con largos gusanos huecos que permiten ver el interior de punta a punta. La voz sintética que sale del interior de mi teléfono me empuja de extremo a extremo de la ciudad, quiere hacerme creer que no me quita la vista de encima; no creo que sea posible, le haría falta un ejército de vigilantes, relevándose cada dos por tres, para que no me diese cuenta de que hay alguien detrás de mí. Dentro del metro, ¿a dónde vas a mirar si no es a la otra gente? Me localiza por el teléfono. Si lo tirase en una papelera, si le quitase la batería, simplemente desaparecería de su vista. Es una posibilidad, una ventaja, poder abandonar el juego en cualquier momento.
El metro con un montón de chasquidos se endereza en toda su longitud y por un momento me parece poder verlo de punta a punta; no es cierto, la gente que viaja de pie me tapa la visión, pero yo continúo intentando vislumbrar alguna cara conocida. Ninguna, ni siquiera el profesional. ¿Ha sido una buena idea llamarle? Fue una inspiración: conseguir un poco de músculo, un par de ojos extras, aunque esperaba que el teléfono me lo cogiera el indio en vez del galán. Es más discreto para la tarea; lo acepto, pero el galán... simplemente me pone los pelos de punta, no sabría decir por qué.
Claro que se me ocurrió que esta gente podía estar implicada, me han advertido que tratar con estos tipos es como sujetar una serpiente por la cola, si es así me he puesto totalmente en sus manos. No conseguiré ninguna información extra, a cambio se sentirán seguros y todo irá mucho más suave. Aunque no creo que esto sea asunto suyo, la sensación que tengo es que esta gente, estos tipos, no han organizado el... evento. La voz tiene un conocimiento más personal, más cercano de mí. La voz no quiere dar la cara porque no quiere ser reconocido. El galán, el indio, los mejicanos de los rubíes... son gente más directa. Me habrían puesto una pistola en la cabeza y a otra cosa.
El galán, el yerno perfecto –tengo clientas que les encantaría, tiene la edad justa para suponer que ya no va a querer salir siempre con los otros gatos por los tejados–, apareció de la nada y me dio un móvil del año de la picor; más que dar me lo metió en el bolsillo directamente.
–Use solo el botón de rellamada. Hable claro, no se enrolle. No me busque, yo estaré cerca.
Me obsequió con una sonrisa y desapareció; igual lo he perdido. La voz me lleva de extremo a extremo de la ciudad. Me hace atravesar parques y grandes almacenes. Ahora me hace coger el metro. ¿Lo fía todo al teléfono? ¿Me observa desde algún sitio? ¿Cómo coño voy a explicar esto al seguro? ¿Quiero explicarlo? El coste no es abrumador. Aquí la voz me ha sorprendido: aceptó la primera cantidad que le propuse. Creía que tendría que negociar mucho más. Aceptan lo que tienes y ya está, como en el secuestro exprés. Una nueva línea de negocio: la amenaza de agresión exprés. Interesante, ni siquiera tienes que retener a alguien, solo te hace falta un teléfono y una bonita bomba; eso las primeras veces, cuando ya eres conocido en el mercado tienes bastante con la amenaza de la bomba. Es un producto genial, mejor que el pizzo, no te hace falta tanta infraestructura, ni cobradores, ni gorilas en plantilla.
El metro frena, me balancea adelante y atrás y me recuerda que esta es mi estación. La gente se apresura a salir del vagón y yo con ella. En el andén suena el teléfono, mi teléfono. No sabía si hay cobertura en el metro, parece que sí.
–¿Está cansado? ¿Tiene hambre?
–Acabemos con esto.
–De acuerdo. La salida de la cabeza del tren. A fuera, vamos. Por las escaleras, el que mueve las piernas mueve el corazón –cuelga.
Las escaleras parecen eternas. Salgo al exterior, todo me resulta extraño, no recuerdo haber estado en este barrio nunca. Una sucesión de bloques de viviendas de ladrillo visto no muy altos, de aparente calidad y bastante modernos, bordean ambos lados de una avenida arbolada con nombre de regusto bíblico, que trepa poco a poco en la montaña. La sensación general es que el barrio flota tres metros sobre el terreno, que su único contacto con el suelo son las cajas de las escaleras. Porque en sus plantas bajas hay pocos locales y donde no los hay verjas de apariencia muy diáfana dejan ver los pilotes de las estructuras y más allá los interiores de isla ajardinados. Parece un lugar agradable para vivir. El teléfono vuelve a sonar. Suena el tono de llamada. ¿Por qué lo llaman tono? No es ningún tono, en todo caso una melodía. ¿Por qué no me llama nadie? Es casi mediodía, a estas horas he recibido diez llamadas como mínimo y un gran puñado de mensajes. Controlan el móvil, tengo que enterarme cómo. ¿Quién entiende de estas cosas? ¿Tengo algún conocido? Descuelgo.
–Avenida arriba, en su misma acera, a unos treinta, veinte metros… el bazar. ¿Lo ve?
–Sí, creo. ¿Toldo rojo?
–Entre, tome por el pasillo central, fíjese en los expositores de la izquierda.
El bazar es grande. Hay de todo lo que puedas imaginar y singularmente parece que es el único de la ciudad que no está atendido por chinos.
–Abajo, mire. ¿Ve los cúteres? Compre uno, los amarillos parecen mejores, los amarillos de hoja ancha.
–Los veo.
–Pague y salga; le espero fuera.
Vuelve a colgar. ¿Realmente cree que pueden localizarle? ¿A quién teme? ¿A la Policía? ¿Piensa que me ha dado tiempo de hablar con ellos? ¿Qué son tan elásticos como para improvisar un seguimiento? Se cura en salud. O intenta mantenerme en tensión, no dejarme pensar. ¿Pensar en qué? En buscar formas de joderle. Parece que en eso está fracasando. Marco el botón de rellamada del otro móvil. Descuelgan en el acto, pero nadie dice nada.
–Dentro del bazar. He comprado un cúter, no sé por qué. Voy a salir. ¿Está ahí? No me pierda.
Me cuelgan. En la puerta, dudo. ¿Hacia arriba? ¿Hacia abajo? Espero. Los peatones se entrecruzan delante de mí enfrascados en sus cosas. Me suda la mano en la que llevo la bolsa. Hay bastante dinero aquí dentro, claro que tengo coches que valen más. Antes tenía estas huchas en billetes grandes, era como un juego: guardar los que pudiera de los más grandes por si acaso, para emergencias... Tuve suerte, fue a otros a quienes les llegó la emergencia primero y fueron ellos los que descubrieron lo que costaban de gastar. Llamaban la atención, Hacienda hacía preguntas. Todo el mundo recuerda quién le ha dado un billete de quinientos, simplemente no puedes negar recordar de dónde lo has sacado. Desde entonces, billetes pequeños, el más grande de cincuenta, es lo mejor.
Malas noticias, malas noticias. Le he puesto letra a la melodía de mi teléfono. Malas noticias, malas noticias... Suena súper adecuado.
–¿Sí?
–Corra, cruce la calle. ¡Deprisa! Antes de que los coches arranquen.
Cierto. El semáforo acaba de cambiar en el cruce, más abajo. Acelero, cruzo, sorteo los coches aparcados. Cuando llego a la acera me doy cuenta de que la voz debe estar aquí mismo. El semáforo, los coches, eso es imposible que lo deduzca a partir de la señal de móvil. Me lo llevo a la oreja, inmediatamente me habla.
–Arriba otra vez; en la próxima cuadra llegará al Mesón del Jamón. ¿Le gusta el jamón? Qué pregunta, a todo el mundo le gusta el jamón, faltaría más.
El Mesón del Jamón tiene bastante público, los jamones que cuelgan del techo crean la ilusión de que es mucho más bajo, todos sus rincones parecen ocupados por habituales apurando un bocadillo matinal o tomando café. Un grupo ríe sonoramente en un rincón. En conjunto es un sitio agradable, acogedor. Nadie mira al tipo que ha entrado por la puerta con una bolsa en una mano y el teléfono pegado a la oreja.
–Pida un cortado, en la barra, pero no se pare mucho. ¿Qué hay siempre al fondo a la derecha en los bares?
–El lavabo.
–¡Premio!
Ocupo un trozo de barra y con un gesto llamo la atención del camarero.
–Un café, por favor, solo.
No me gustan los cortados, no me gusta el café. Preferiría un zumo de naranja natural y un bocadillo de jamón, pequeño.
–¿Ahora qué?
–¿Está servido? Pues al fondo a la derecha, como le dije. Cuando llegue se mete en el cagadero de la derecha.
Lo intento; está cerrado, una voz desde el interior gruñe no sé qué. El lavabo es francamente feo. Me veo reflejado en el espejo que corre sobre los lavamanos. Tengo una pinta estupenda, los pómulos un poco tensos, quizá. Voy a sacar adelante esto, luego voy a evitar que se repita. He caminado demasiado cerca de la línea, demasiado tiempo, no volverá a suceder. Hay cosas que no debería haber permitido. Lo arreglaré. Suena otra vez el teléfono. Busco un rincón y hablo.
–El de la derecha está ocupado, figura.
–Espere. Lávese las manos, cuando se vacíe, entre.
Cuelga. Saco inmediatamente el otro móvil. Pulso el botón de rellamada. Mientras el cacharro intenta conseguir línea se escucha como el tipo de dentro el retrete tira de la cadena. El galán, supongo que es él porque no dice ni pio, descuelga.
–Crucé la calle, me metí en el Mesón del Jamón, hasta el lavabo. Creo que lo que pase, pasará ahora.
Sale el tipo del cagadero, todavía abrochándose el cinturón bajo la panza. Yo simulo una conversación a base de interjecciones, hasta que sin lavarse las manos -el muy guarro- y sin prestarme atención se larga. Inmediatamente entro en el excusado –¡que apesta!– y cierro. El móvil vuelve a sonar. ¿Es coincidencia? ¿Cómo lo sabe? Estoy enfadado, no me acostumbro a que siempre me lleve ventaja. Intento contestar con el terminal que no toca, me engancho la bolsa con el pomo de la puerta. Respiro, contesto, escucho la voz en mi oído.
–Sobre la taza, fíjese....
No hay nada en que fijarse, el retrete es estrecho y alto, en la pared sobre la taza, casi a la altura del techo hay una ventana, más bien un ventanuco, de aluminio y vidrio esmerilado, cerrado, ni siquiera tiene pomo.
–Súbase a la taza y verá como alcanza la ventana. Ponga los pies en los bordes, no creo que la tapa aguante su peso.
–Voy..., un momento; ya está.
–¿Tiene el cúter a mano? Corte el labio de goma, saque el vidrio. Que no se le caiga.
¿Cortar el labio de goma? No entiendo lo que me pide. No soy muy hábil con las manos, de hecho, nada de nada. Nunca reparo nada, solo llamo al servicio técnico.
–No entiendo.
–¿Qué es lo que no entiende?
–Lo del labio que he de cortar.
–¿No? Le hacía más espabilado. Mire arriba. ¿Ve la ventana? Lo fácil sería abrirla y ya está. Pero la muy jodida está cerrada y no tenemos llave ni ganas de hacer un estropicio. Fíjese, entre el marco y el vidrio hay una junta de goma, eso es lo que llamamos labio.
–¿Por qué no lo llama junta y ya está?
–De acuerdo, le diré junta, la junta. Use el cúter para cortar la junta lo más cerca posible del marco. ¿De acuerdo?
Lo hago. Primero no consigo clavar la punta en la goma, esta se hunde, la hoja del cúter se arquea sin llegar a penetrar. Hago más fuerza; la hoja se rompe.
–Esto se ha roto.
–¿El qué?
–La hoja del cúter.
–¿Cómo?...
¿Cómo? Está grabada en toda su longitud a intervalos regulares. Se ha roto por una de esas ranuras. Esa debe ser su función, obligar la hoja a romper por ahí.
–...¡Dios! Repito: te hacía más espabilado...
–Lo siento.
Sí que lo siento, lo digo de verdad. Su voz ha sonado decepcionada, un tono de voz que me puede. Llevo toda mi vida adulta luchando contra ese tono, intentando no decepcionar a nadie. Lo veo claro, esta es la mierda que he estado haciendo hasta hoy: intentar no decepcionaros. Todo para acabar… ¿Cómo? ¿Siguiendo las instrucciones de un psicópata, subido en la taza de un váter? ¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Todos los hijos de puta del mundo a partir de ahora van a sangrarme?
–...Acorta la hoja a lo mínimo, uno o dos espacios, si es que queda hoja...
–Sí que hay; ya está.
– Ahora corta con la hoja; no claves, dale dos o tres pasadas por el mismo sitio, paleto.
Lo hago, funciona. Noto como la punta llega al vidrio.
–¿Hecho? Ahora de arriba abajo, de lado a lado, usa el marco como regla. El vidrio quedara suelto. Usa el cúter para hacer palanca y sacarlo ¡Que no te caiga! Déjalo en el suelo.
Cuelga. Saco el otro móvil, marco el botón de rellamada. Se me hace eterno esperar la conexión. Lo sujeto entre la cabeza y el hombro y por probar me enfrento con el cúter y la ventana. Es singularmente fácil. En nada me encuentro con el vidrio en la mano. En realidad, no me hacían falta tantas instrucciones de la puta voz. No estaba concentrado. Era una cuestión de prueba error y a la segunda lo habría conseguido. Con un quejido la tapa del váter parece doblarse sobre sí misma, pierdo el equilibrio y caigo hacia un lado. Es una caída lenta en la que me voy golpeando en una pared para rebotar hacia la otra. Como el habitáculo es tan estrecho es imposible que llegue al suelo, así que acabo sobre la taza. Me parece excepcional que no se me caiga de las manos el vidrio, ni de la oreja el móvil, que continúa intentando conectarse con la red. Dejo el vidrio en el suelo, apoyado en la pared, y me libro de los restos de goma. Dentro del bolsillo vuelve a sonar mi móvil –todavía no he conseguido conectar con el otro… ¿y este vuelve a sonar?–. Hecho un vistazo por el ventanuco, da a un patio interior, más que un patio, un respiradero. No llega al metro cuadrado, es oscuro y sucio. Un mosquetón de aluminio cuelga al final de una cuerda frente a mí.
El teléfono continúa sonando. Hemos llegado al final. Sé cuál será la próxima instrucción. El dinero se irá. La pasta volará. No es que sea demasiada, tengo más, lo importante es ¿compraré con ella lo que quiero? ¿Qué es lo que quiero? Querría que esto nunca hubiese pasado, pero ha sucedido. No se puede volver a meter la pasta dentro del tubo de dientes –a lo mejor sí. ¿No consiguen que salga de dos colores?–. Era un asunto de Roque, de Ramoncito. Si algo hice yo fue... ¡Dios, qué hice! Ayudé a buscar un cabeza de turco. Intenté que pagara otro y ni siquiera funcionó. ¿Puedo defender eso? ¡A la mierda! Ya tendré remordimientos más tarde.
Sol. Amenazan a Sol. Sol, que me desprecia, que piensa que es demasiado... demasiado... algo, para mí. Sol, que debería complementarme y ha acabado transformándose en una diana. ¡Eh, tíos!, apuntad aquí si realmente queréis joderme.
Debe haber una alternativa, algo mejor que dejar que me chuleen a cambio de una promesa, de dos promesas: que, si no, me van a joder de cojones y que solo lo harán una vez. Tienen que haber cosas mejores que hacer con este dinero. Por ejemplo, contratar a alguien para que meta la voz bajo un grifo, el suficiente tiempo para que calle para siempre. Esto ya lo estoy haciendo. Intentando hacerlo, al menos, por ahí corre el profesional...
El profesional. Miro el móvil que tengo en la mano, en su pantallita continúa el icono de búsqueda. Aprieto el botón de colgar y casi inmediatamente el de rellamada. Búsqueda, búsqueda... Intentar eliminar a alguien, otra vez en muy poco tiempo, parece la solución más sencilla para un problema. No me pregunto si es ético, si es moral. No me he preocupado nunca por temas filosóficos. Lo que me pregunto es ¿hay alternativa? Me gusta verme como un hombre de negocios. Siempre estoy dispuesto a pagar, si el precio es adecuado, para zanjar una cuestión. Parece que últimamente me topo con personas, con jodidos grupos, que olvidan que todo es un negocio y se lo llevan a un plano personal. Esto no está bien, no señor. He de mantenerme, he de defenderme. Tengo responsabilidades. Si eso conlleva acabar con la voz, lo haré. Mi alma es pura, este al menos se lo ha buscado.
El icono del móvil que tengo en la mano cambia a llamada. Saco el otro del bolsillo rápidamente, el embrión de un discurso nada por mi mente.
–Pensaba que ya no contestarías, que te habías caído de la taza y te habías abierto el cráneo.
–Veo la cuerda, el mosquetón....
–Cuelga la bolsa de él. ¡Asegúrate de que esté bien cerrada!
–No –digo, lo que cuelgo es el móvil.
