Mr. Útil. -Capítulo XXVIII - Badía va al cementerio




Llaves 001

 

Esperaba más de la tía de Conejero –la tía Julia; ¡si os contara!– que el que se presentara al entierro del capullo de su sobrino con esa bata de estar por casa que ella llama vestido. No soporto a la gente que se pone cualquier trapo para ir a un entierro. Y no salgas con que quien sea está destrozada por el dolor porque me parece una mierda de excusa. Me gustan los entierros, no quiero que nadie me los estropee. ¿No es encantador este ambiente?, tan teatral, con la gente toda tan maqueada para la ocasión con esos trajes oscuros fantásticos recién salidos del fondo de un arcón. Y las poses, ese no saber cómo ponerse, qué decir, pero es igual, porque todo está tan ritualizado, todo es tan sabido.

 Si me gustan los entierros debe ser porque creo ser inmortal. Sé que es una estupidez decir esto, pero es más estúpido el vivir negando lo que sientes, ¿no? Es una cosa que siento, que he sentido, profundamente, siempre –y cuando más profundamente en los entierros–. Te voy a confesar que creo que para que mi vida dure para siempre solo tengo que comerme –a grandes bocados, casi sin masticar– la esencia de la vida que siento dentro de todo. Hay un pequeño problema, no sé cómo hacerlo, pero lo sabré. Espero un mensaje que me dirá como hacerlo. Soy un jodido hombre de fe. Como tú, como todos. ¿Me dirás que no has sentido esto que te acabo de explicar nunca? Lo que no entiendo es por qué no te has esforzado más en continuar sintiéndolo.

Me he contagiado del ambiente y me he puesto a susurrarte secretitos como si fuéramos niñatos después de las vacaciones. Volvamos, ha llegado el momento de estrechar manos de gente que no conozco, y asombrarme de que todos sepan quién soy yo: el más antiguo y leal amigo del muchacho de la caja. Por cierto, pobre muchacho, tan atlético, se mató en una bicicleta. Pregúntale a un traumatólogo qué hay peor para los huesos y te contestará que el deporte. No es un chiste. Bien, sí que lo es. Me muero por contarlo.

Ahora la madre de Conejero llora. A veces parece que se entera dónde está. La tía Julia dice que muchas veces confunde el momento con otro del pasado. Sé de lo que habla. Ahora mismo está llorando, pero puede que sea por cualquier otro motivo. Igual cree que está en el entierro del viejo cabrón. El viejo cabrón esto, el viejo cabrón lo otro. Jodido Conejero, siempre estabas con el viejo cabrón; no voy a echarte de menos.

Esto ya se acaba. Ha sido un entierro guapo, le pondría un diez si no fuera por la bata de la tía Julia y por el olor a mierda de gato. Los gatos se sienten cómodos tras las rejas y las vallas y aquí hay todas las que quieras, recintos dentro de recintos, además de poca gente y ningún perro, el paraíso para ellos, uno de apestoso, te diré porque: este cementerio, en la ladera de la montaña que da la espalda a la ciudad, está construido sobre la pura piedra, sobre viejas canteras, si me aprietas, y por eso no hay donde los mininos, que hay un montón, puedan enterrar sus putas caquitas. Todo el mundo simula no sentir el olor, pero una vez que te llena las narices no puedes olvidarlo, y con él llegan las preguntas ¿Qué comen estos gatos? ¿Atraen a decenas de locas de los gatos que los alimentan? ¿Han descubierto como introducirse en los nichos y devoran los cuerpos? El rollo de dar a devorar los cadáveres a los bichos tampoco es tan raro. Hay indios –de los de las plumas, no los del curry– que ponían a sus muertos sobre una plataforma no muy gansa y los abandonaban a los pájaros. Era su forma de liberar el alma. Nosotros podríamos abandonarlos a los gatos. Si un gato tiene bastante hambre come cualquier cosa. ¿Qué te parece como idea?, tu alma liberada en forma de caca de gato. El alma no existe. La voz que escuchas dentro de tu cabeza solo es ruido de fondo. Crees existir, pero no existes. No existes porque tienes principio y final. Te lo dice un círculo. Estoy flipando.

Suena el teléfono y me obligo a recoger todos mis pensamientos; lástima, era agradable dejarlos vagar en este ambiente tan apropiado, si no fuera por el olor, insisto. El teléfono es la cagarruta que me endosó Pachuco en el último trabajo; Pachuco, jodido indio, le pillé asco a sus aires de kie. El cabrón todavía tiene que liquidarme parte de lo que El Patrón se comprometió a mover –puto gordo cabrón, darle una astilla es la forma más fácil de librarse de él–. Dudo si contestar, poco, el momento, ese estar conmigo, el ser yo y los demás, ya se ha esfumado, quizá lo busque después otra vez. Un gato enorme y tuerto aparece tras una lápida y se me queda mirando con esa cara que ponen los gatos de reclamarte algo que les debes desde hace mucho.

¿Qué hago, gato? ¿Contesto?

El gato me mira con absoluto desprecio, se estira y se larga a hacer cosas de gato, no le interesan mis dudas. El teléfono no se cansa de sonar, así que descuelgo.

Buenos días. ¿Me recuerda? –me pregunta una voz.

Claro que lo recuerdo. Es el señor Yo-me-encargo-definitivamente. No pensaba volver a escuchar esta voz nunca más. Yo ni siquiera le he dado este número. ¿Se lo dio Pachuco? ¿Cree que está llamando a Pachuco?

Sí, claro ¿Cómo está? –contesto.

Tengo una tarea que le puede interesar, le ocupará poco tiempo y estará bien retribuida. ¿Está libre?

¿Estoy libre? No sabría decirle. ¿Qué significa ser libre? ¿Hacer lo que te dé la gana? ¿Ir donde quieras? Todos los caminos llevan al mismo sitio: aquí. Aunque no puedas creerlo, aunque algo dentro de ti te grite que es mentira, al final todos al hoyo. Al nicho, en este caso.

Podría estarlo. ¿Cuándo me necesita?

Ahora mismo.

El gato tuerto ha regresado, me observa como si le importase mi respuesta. Hay un desafío en su único ojo. Este gato al final se llevará una pedrada.

Veo que es urgente. ¿En qué puedo ayudarle?

Voy a efectuar un pago.

¿Necesita escolta?

En realidad no, pero estoy interesado en saber más cosas sobre... el cobrador. Identificarlo.

¿Alguien le... aprieta? ¿Está usted interesado en saber más cosas sobre él?

Exactamente.

¿Y cuando sepa estas cosas más sobre él?

No lo he pensado. Puede que usted y yo discutamos las posibilidades después.

¡Ajá! ¿Cómo quedamos?

Mientras me lo cuenta no puedo dejar de darme cuenta que al tipo le tienen la cuerda al cuello. No creo en casualidades. ¿Quieres apostar sobre quien le aprieta el nudo?

 

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