Mr. Útil -Capítulo XXVII- Algo te observa entre las hierbas altas
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| Yoshi Sislay |
Hoy he vuelto a soñar con los leones, con las leonas si te pones exacto. Como siempre estoy más arriba en la ladera, por encima de los bichos, más que oculto, fundido entre los almendros, los algarrobos. Ellos, ellas, hoy se ocultan entre los matojos de hierba seca de la altura de un niño que crecen en los bordes de los bancales altos, de los rincones en los que en algún momento hubo la suficiente humedad para que brotaran. Aquí arriba los muros de piedra seca que contienen los bancales en terrazas necesitan reparaciones, pero según descienden hacia el valle oculto y el rio están mejor mantenidos y se pueblan de olivos cuyas hojas a capricho del viento cambian de color, de gris a plateadas, de plata a verde, de este a pura luz. En este terreno, entre las hierbas altas, los leones son casi invisibles, pero yo se distinguirlos, veo como mientras descansan apoyan el vientre en la tierra para robarle su calor. De cuando en cuando levantan la cabeza y bostezan, para beber mejor los olores que trae el aire.
Aún más abajo de su posición, hay un camino que traza meandros por las laderas. Un camino lleno de polvo y piedras, apenas más cómodo que los mismos campos. La gente, los otros –los que no son yo, pero están en mi sueño– pasan por él en pequeños grupos despreocupados. En mi sueño, ignoran los leones, los subestiman. No los consideran más que gatos grandes. La gente sabe muy poco sobre los gatos, si supieran más de sus deseos y sus juegos estarían aterrorizados. Una parte de mí quiere avisarles de la presencia de los leones. Pero no lo hago. Sé que no creerán mi aviso, no le darán importancia, algunos me girarán la cara para demostrar la falta de gusto que es hablar sobre ello. Además, tampoco quiero mostrarme a los leones. ¿por qué? Aunque en el sueño se que puedo manejarme con ellos, ahora, en este momento, hay una buena razón para no delatarme, aunque no recuerdo cuál es. Así que permanezco silencioso, tumbado entre la hierba, transformado en piedra que se calienta al sol.
Al final un grupo de paseantes llama la atención de los leones –quizá porque son más numerosos y ruidosos, porque caminan más separados entre ellos o porque su olor es más dulce– y abandonan su posición de vigilante descanso saliendo lentamente en su persecución. Silenciosos parecen nadar de un matojo a otro, fundiéndose entre los árboles. Un segundo antes de despertarme una de las grandes bestias se para, gira la cabeza y me mira directamente, esa mirada no sé si dice volveré o ven con nosotros.
Despierto, la luz se filtra entre las persianas mal cerradas. El despertador suena un segundo antes de que lo apague. He soñado. Debería estar contento, si he soñado es que he dormido y anoche no tomé ninguna píldora. Soñar con los leones, ¿cuenta como descansar? La ducha no contesta a la pregunta. Me seco con una toalla arrugada y húmeda que encuentro colgada tras la puerta. Debería poner algo de orden en todo este caos doméstico. Bastaría una llamada, hay empresas que se dedican a esto. Hacerla sería como reconocer que Sol no va a volver. ¿Es un uso social corriente que cuando tu mujer te deja se lleve el servicio? Seguro que sí. Se lleva a todo el mundo, menos al mayordomo. Debería tener uno, pondría orden en todo esto, me mantendría a flote en este mar de autocompasión.
Me miro en el espejo. ¿Debería enumerar todos mis problemas y luego intentar verlos como oportunidades? Lo he leído en una revista de management; es ridículo, una chorrada inútil. Nadie va a transformar mágicamente su carácter hablándole al espejo. Estoy perdiendo la cabeza.
En el parking, antes de arrancar, repaso el torrente de mensajes que tengo en el móvil, casi todos son chorradas. Solo hay uno interesante: un tipo pide presupuesto de fabricación de una pieza importante. No es la primera que le hacemos. Fui intermediario en la compra de su segundo Ferrari, es un cualquiera que se está transformando rápidamente en un habitual. Hay bastantes posibilidades de que no sea hablar por hablar. Veremos. Después de diez días en que parecía que todo iba a estallar, la calma. La Firma continúa adelante, todo va bien. Excepto que unos psicópatas tiraron a mi comercial estrella por un balcón y puede que vuelvan por más. Excepto que la compañía de seguros está poniendo muchas pegas. Excepto que Sol no está. Reconocerlo me hace sentir como si hubiese perdido algo de mí. Una parte muy importante. Casi puedo señalar dónde estaba, en qué lugar de mi cuerpo noto la falta, el tamaño del hueco que me ha dejado.
Llevo diez minutos sentado en el auto mirando al vacío. Al menos no he enchufado el motor. Si alguien me hubiese visto, ¿qué habría pensado?, ¿Qué estoy echando un trago de C02? Soy ridículo.
Este coche es una mierda. Bueno, no, pero es demasiado rebotón para mi gusto. Es pequeño, cómodo para la ciudad. Lo compré para ella, en nuestro primer aniversario, Sol lo odiaba. Siempre estaba con que era demasiado bajo y no veía nada. A ella le gusta el todoterreno, su gran pedestal, desde él podía vernos a sus pies, por eso se lo ha llevado y ha dejado esta carretilla. ¡Arranca ya de una vez!, no puedes quedarte a vivir en el parking.
Arranco, según dejo atrás el subterráneo y salgo a la calle suena el móvil. Una serie de ruidos raros se persiguen unos a otros por los altavoces del sistema de sonido hasta que parece que este y el móvil se ponen de acuerdo. Una voz sintética –a un volumen atronador– llena el habitáculo. De entrada, luchando con el exceso de volumen, no le hago demasiado caso, voces de este tipo solo te piden que esperes a que un operador humano intente venderte algo que definitivamente no necesitas.
–Por fin, creía que acabaría sordo y no podríamos... mantener una conversación.
La voz suena próxima, como si me hablaran desde el asiento de al lado. Instintivamente miro a mi alrededor, la calle está relativamente desierta. No hay nadie con un teléfono en la oreja mirando.
–¿Perdón?
–El semáforo está en rojo, mejor aminore. Este barrio suyo está lleno de uniformados. Es curioso, tanta policía en un sitio donde nunca pasa nada.
–¡Escuche! ¿Con quién hablo?
–¡Hey, mano! Con la voz de tu conciencia, no más. Además: qué importa el quién, lo que importa es el porqué. Siempre es el porqué. Las personas somos intercambiables, son nuestros actos los que nos definen. ¿Ahora se pregunta lo que hago yo?...
No me pregunto nada. La música de su charla me es conocida. He tratado con comerciales que usan la misma táctica, hablan sin parar, aseguran que saben lo que piensas, hacen preguntas sin esperar repuestas, continúan hablando. ¡Joder!, yo mismo la he utilizado. Lo extraño, lo que me da malas vibraciones, es la voz sintética; pienso en colgar.
– ... ¿No? No importa, dicen que una imagen vale más que mil palabras. ¿Está de acuerdo? Es igual si lo está o no. Mire a la derecha, cruzando la calle, el contenedor del plástico. ¿Sabe cuál es o no baja nunca la basura? Es fácil, el que tiene la tapa de bonito color amarillo.
Miro en la dirección que me indica, casi sin querer, casi sin poder evitarlo. Sí, hay un contenedor de plástico. Un millón de perros se mean en él a diario. Si tengo que pasar por la acera procuro alejarme de él. Hago bien, ¡acaba de explotar! No es una gran explosión, solo es un eructo malévolo. La tapa oscilando sobre sus bisagras llega a abrirse un palmo y vuelve a caer con un sonido que parece ridículo tras el petardazo. Por la boca de carga escapan, persiguiéndose unas a otras, chispas de fósforo festivas, como las bengalas que agitan los niños más pequeños en la noche de San Juan. Unas llamas pierden la timidez y según comienzan a comerse el contenedor me llega el olor a plástico quemado.
Me he quedado sin habla. No importa, el teléfono está mudo. La voz se ha ido, ha colgado. El semáforo cambia al verde, pongo primera y salgo lentamente. Hay pensamientos cruzados en el fondo de mi cabeza; sé que no tengo que hacerles caso si no quiero que el temor me domine. El terror, el miedo es solo una elección. En la oscuridad puedes elegir ser el monstruo o la presa, lo leí en una revista. Lo escribió un idiota que nunca ha visto una bomba en acción. ¡Una bomba, joder! Es bien fácil hacer una bomba. Cualquier taller de fundidor está lleno de combustibles, comburentes, acelerantes y la madre que te parió. Todos valen cuatro chavos, solo tienes que saber la proporción en que mezclarlos y como ponerles una mecha.
Suena el teléfono. Los sonidos extraños se arañan los unos a los otros en los altavoces hasta que llegan a algún tipo de acuerdo y la voz se vuelve a adueñar del audio.
–¿Qué le pareció? Fabuloso, ¿no? ¿Está impresionado? Debería estarlo. Claro que usted no sabe lo poquito de nada que ha pegado el estornudo. Confíe en mí: el resultado ha sido de categoría.
Trago saliva, no quiero que mi voz transmita nada, especialmente que estoy asustado.
–Bonito espectáculo. Estas mierdas telefónicas normalmente las hacen pringados aburridos desde cárceles apestosas en Sudamérica. ¿Fue allí donde aprendiste el oficio? Eres tan feo que no pudiste hacer el curso de bujarrón y te metieron sin más a la teletienda. En fin, que puto mensaje quieres transmitir, ¿que estoy sentado sobre una bomba?
–La verdad, licenciado, es que no. Podría usted haber montado en cualquiera de los carros. Lo pensamos, sí. Yo aposté a que cogería este, el que era de la señora, pero nadie aceptó la apuesta. Habría ganado, no suelo equivocarme, dicen que conozco a las personas. A la próxima, ¿le importaría girar a la derecha?
–Si no estoy sentado sobre una bomba, ¿por qué tendría que hacerlo?
–Colabore, Don; le enseñaré algo que le interesará. Por favor.
Lo hago y en el momento que lo hago sé que estoy transigiendo, que pierdo determinación, que soy un poco más suyo. Esto me preocupa un segundo, luego lo olvido.
–Bien hecho. Como le decía, no está sentado sobre una bomba, pero eso puede arreglarse. Mientras piensa en ello, si llega al próximo cruce, vuelva a girar a la derecha.
Cuelga. ¿Tiene miedo de que localicen la llamada? ¿Es una táctica para mantenerme en ascuas? ¿Hago caso y vuelvo a girar? ¿O me bajo sin más del coche y me largo? El teléfono suena otra vez, el coche, a regañadientes, lo descuelga por mí.
–Otra vez a la derecha y pare en el semáforo, al lado izquierdo...
–Está en verde.
–De aquí en nada no lo estará.
Cierto, cuando llego a su altura enrojece. Miro alrededor, estoy donde comenzó la conversación, bueno, casi. El contenedor arde alegremente sin inhibiciones, se escuchan sirenas en la lejanía. Un idiota, en la acera de enfrente, filma con el móvil el fuego mientras sonríe.
–Fíjese en el cartelito, en el mismo semáforo.
¿Cartel? ¿Qué cartel? Hay un folio de impresora colgado con cinta de pintor en el tallo del semáforo –no puede llevar mucho tiempo ahí, es una superficie diseñada para que sea muy difícil colgar o pegar cualquier cosa en ella–. Tiene la base recortada en flecos; cada uno una tirilla de papel con un teléfono escrito. No falta ninguno. El centro del cartel lo ocupa una fotografía de un perro pequeño sentado en las faldas de una mujer. De ella prácticamente solo se ve el torso y una mano que acaricia las ancas del animal. No importa, conozco el perro, conozco a la mujer, es Sol. El perro es una perra, se llama Neu, bueno, se llamaba, hace tres semanas que está muerta; tiré su pequeño cuerpo a la basura. Dije a Sol que la había enterrado. Se empeñó en saber dónde, al final tuve que confesar. Me encontré disculpándome, explicando como cuando regresé su cuerpo solo era una cáscara vacía, sin vida. Solo era un problema. Y ella lloraba, y yo me empeñaba en no querer comprender por qué. Y ella acusándome de mentirle. Y yo defendiendo que si dije aquello es porque fue lo primero que se me ocurrió, para dejar de ver su mirada acusadora, como si yo la hubiera matado. ¡Dios!, era vieja. Siempre me importó una mierda, la perra, simplemente murió y me deshice de ella.
Ella explotó, dijo que no me conocía, que nunca me había conocido. Que estoy lleno de mentiras, de secretos, que no podía más. Se dio la vuelta y se fue dejándome con la sensación de que decía la verdad, aunque me repetía para mí que era una zorra ingenua que creía en la puta perfección. ¿Mentiras? ¿Secretos? Un hombre tiene un sitio donde solo habla consigo mismo y casi todo lo que se dice allí quiere olvidarlo.
He salido del coche y me he acercado al semáforo, hipnotizado por las pupilas blancas de Neu en la foto, lo que llaman ojos rojos en fotografía. No era un mal perro. No era un buen perro. ¿Cómo se clasifican los perros? No tengo ni idea. Arranco el papel y lo examino. Hay un texto corto que ofrece una recompensa por el perro perdido. El número de teléfono es el de mi teléfono. El nombre de contacto es mi nombre. Escucho el sonido amplificado del timbre del móvil saliendo por las ventanas del coche. Una diminuta multitud se ha reunido en el cruce, disfrutan del espectáculo, que incluye: el avance del fuego de contenedor en contenedor, la espesa columna de humo negro que empequeñece el espacio y la llegada de los bomberos. Todos miran el espectáculo menos yo, que miro el cartel en mis manos y una mujer que me mira a mí: el loco que ha salido de su coche, dejando las puertas abiertas, para arrancar un papelote y quedarse tan embobado con él que pasa de coger el teléfono. ¿Qué mierda le importa? ¿Llevo demasiado tiempo soñando despierto? Miro desafiante a la mujer y vuelvo al auto, que debe sentir mi peso en el asiento del conductor o algo así porque descuelga.
–¿Comprende la situación? ¿La gravedad del asunto? No se llame a engaños, nosotros vamos en serio, muy en serio.
–¿Mataste a mi perro?
–¡Cielos, no! El animalito, sería una cosa muy cruel, gratuita. Yo no soy gratuito, señor. Además, si me permite el atrevimiento, ¿qué pijo dice?, ¿su perro? No le vimos nunca con él. En todo caso el perro era de ella, de la señora. Está muy bien, muy entera. No le puedo dar recuerdos de su parte, no sabe que la observo y además no sé si querría escuchar nada que usted pudiera decirle. ¿Duele? Seguro que sí. Un consejo: no intente apagarlo con tequila, no funciona. El amor se acaba y solo queda el dolor, quizás responsabilidad. ¿Se siente responsable hacia ella?
¿Está amenazando a Sol? ¿Utiliza a Sol para apretarme? ¿Solo intenta demostrarme lo bien que me conoce? ¿Que puede llegar a cualquier punto de mi geografía solo estirando el brazo?
–Eso no importa. Ella toma sus propias decisiones –contesto.
–Y es responsable de ellas. Lo triste es cuando sufres las consecuencias de las que tomaron otros.
Cuelga. Me están robando, no es la primera vez. Tengo seguros para estas cosas. Esta vez es simplemente más sutil que una navaja en las costillas cuando sales de la tienda de un cliente o que dos tipos con armas se lleven tu caja fuerte a la hora de cerrar. No hace mucho he tenido una situación parecida; una cosa es cierta: cuando esto acabe las primas de la aseguradora se van a ir a las nubes o simplemente nos echarán de la compañía. Suena el celular, comienzo a odiar esta pequeña máquina gritona.
–¿Tiene una oferta para mí? –pregunta la voz sintética.
–Depende. ¿Qué estoy comprando?
–No compra nada, paga una deuda y de regalo recibe un corto adiós, un hasta nunca, un si te he visto no me acuerdo. Porque tiene usted una deuda, ¿lo recuerda?
–¿Deuda? Tengo muchas deudas, y días de pago en la que mis contables las cierran. En la práctica no debo nada a nadie. No creo deberle nada a usted.
–Usted prometió una satisfacción, piensa que la ha dado, pero no ha sido suficiente. Quizá a otros les baste, pero a nosotros no. Usted atentó contra nuestra tranquilidad, generó unos gastos, nos hizo tener un encontronazo con gente con la que no conviene cruzarse. Me pidieron que hiciera el petate y viniese a pedirle cuentas y en estas estoy. Tiene que indemnizarnos.
La mierda de Roque salpica atravesando el océano. No sé quién coño es la voz, si realmente es alguien que se siente perjudicado o un listo que pasaba por ahí y piensa que soy… estoy en un momento fácil de apretar.
–Una reclamación comercial no necesita de todo este teatro, simplemente podían haber llamado por teléfono.
–¿No le llamaron, huevón? No es una reclamación comercial, jodido, es una amenaza: vuelve a jodernos y no vendremos con una factura, vendremos con una bolsa de plástico. ¿Lo ha entendido? Ya es suficiente. Es usted un hombre de mundo, tendrá alguna hucha a mano, por si acaso, ¿no? Haga recuento y acabemos con el jodido trámite. Le llamo.
No creo nada de lo que está pasando. Estoy hablando con un disfraz. Un lobo que se ha echado por encima la piel de otro lobo. Por probar, hago una llamada.
